
La verdad, que los pájaros se pueden estudiar viéndolos directamente. Sin embargo, aprender de los mamíferos sin conocer sus rastros, no es muy viable dado sus costrumbres.
Migio, me enseñó a distinguir las huellas de Corzo de las de Jabalí. Las de Zorros, Tejones y Gatos Monteses. Luego me enseñaría incluso sobre los rastros de Lobo...
Las cientos de horas de campo y la paciencia, hicieron mucho después de aquellas primeras lecciones. Ya con 16 años, me puse en contacto con Benjamín Sanz, un gran rastreador de Zaragoza, del que pude aprender mucho a través de sus libros y cartas.
Aprendes, que rastrear es un arte que se perfecciona con la práctica y con el esfuerzo. Cuando ves una huella, puedes dedicar un mínimo esfuerzo para identificarla, o puedes intentar interpretar lo que ella escribe en el suelo: que animal la dejó, si corría o si iba despacio, de dónde venía y a dónde se dirigía, si iba sólo o acompañado, cuánto hace que pasó, etc.
Y sobretodo, aprendes que no es una ciencia exacta. La cagada de un gato montés, nunca tiene porqué ser del mismo tamaño, color y características. Por eso, que sea tan importante la experiencia en este campo. De no ser así, valdría con llevar la guía.
Hoy, tras 2 décadas de aquellas primeras clases, me encuentro con el rastro de un tasugu en Doñana, y no puedo evitar acordarme aquellos paseos por el monte, y de mi primer maestro...
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