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martes, 25 de noviembre de 2014

Topless desde mi ventana

Eso es lo que me encontré esta mañana.
Este otoño, ha venido retrasado por la prórroga concedida al verano. Fruto de ello, pasó septiembre, pasó octubre, y las hojas de los árboles apenas dejaron notar el cambio oficial a la estación del ocre. Fue en el cambio entre octubre y noviembre cuando descendieron las temperaturas a valores normales, llegando a un pico el 4/5 de noviembre en que la cota de nieve bajó hasta los 1000 metros. A partir de esa fecha, el color de las hojas comenzó a tornar al ocre, para que los hayedos del piso montano alcanzase su máxima belleza cromática el día 21/11/14 (opinión personal, claro). A partir de ese día, las hojas han pasado de los colores amarillos a los marrones, comenzado poco a poco a caer. Los dos últimos días ha llovido con intensidad en ciertos momentos. Ello ha provocado que la gran mayoría de hojas por encima de la cota 1200 haya ido al suelo. Así, es como esta mañana ha aparecido la Peña Giniestra. Desnuda de medio arriba. Fijaros el color que tenía el monte (no es el mismo pero tendrá aspecto similar) hace 6 días, y comparadlo con el de hoy.
Fijaros en la franja de abajo, el robledal que entonces estaba más verde, está amarillo ahora. La franja del centro, es la parte baja del hayedo, con hoja aún, pero ya sin colores tan llamativos. En la franja superior, la parte de arriba del jayeu.

lunes, 24 de noviembre de 2014

El salmón atlántico

Picar con el cursor para ver más grande.

Salmo salar es un pez de nuestra fauna, al menos de momento. Es una joya. Una especie en regresión, limitada entre otras muchas cosas por la temperatura del agua de los ríos, las barreras arquitectónicas (presas), y por qué no, por la pesca legal. Hace algún siglo estaba incluso en el Tajo, pero actualmente sólo se encuentra desde la cuenca del Miño hacia el norte y los ríos cantábricos.
Es muy curiosa su biología. Acabando el invierno, nacen en graveras fluviales de los tramos altos y medios con menos de 2 centímetros de talla. Pasan 1 ó 2 años en el río, para emigrar con más de 15 cm hacia el mar. Se dirigen al Atlántico norte (Islas Feroe, Islandia, Mar de Labrador, etc). Recorren en ocasiones distancias superiores a los 5000 kilómetros. Allí suelen pasar un par de inviernos, a veces tres, más raramente sólo uno, y excepcionalmente más de 3. Dependiendo de los inviernos marinos que cargen a sus espaldas, volverán con una talla u otra, generalmente a sus ríos de nacimiento. Lo normal es que sean peces de 2 inviernos en el mar con una talla de unos 80 cm de longitud. Más longevos, superan fácilmente los 90 cm.
Acabando el invierno, se aproximan hasta nuestras costas para enfilarse con la desembocadura del río que reconquistarán. En la zona salobre pueden estar unos días hasta que se readaptan al agua dulce. En este periodo y en sus primeros días en el río tras la aventura transoceánica, sufrirán algunos cambios morfológicos. Además, y salvo los primeros días en los que se podrán mostrar voraces, harán un ayuno de varios meses mientras sigan en el río. Remontarán hasta encontrar grandes pozos en los que pasarán el caluroso estío.
Acabará el verano, y con las fuertes crecidas que han de acontecer allá por noviembre y diciembre, aprovecharán para superar los obstáculos que con menos agua no podían. Se aproximan así a las zonas con más pendiente, donde va a tener lugar la freza empezado el invierno. Tras la puesta, los adultos se dejarán llevar por la fuerza del río hasta el mar. Desnutridos, agotados...muy pocos serán los que consigan hacer una segunda migración por los grandes mares atlánticos. La inmensa mayoría, morirá.
El otro día, por primera vez en mi vida, intenté ver a esta reliquia de la fauna cantábrica. Todo un espectáculo que recomiendo a mis semejantes. No sólo disfrutarlo, sino que incluso pude sacar alguna foto testimonial como la que os coloqué arriba.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¡Y por fin el otoño!

El 2014 ha alargado verano. Hace 5 días comí una maeta (fresa silvestre) a 1000 metros de altitud. El buen tiempo, ha permitido a los habitantes de la montaña no encender las chimeneas en serio hasta el 4 de noviembre, cuando un bajón brusco de las temperaturas trajo consigo nevadas que bajaron hasta los 1000/1200 metros (según valles).
Con ese bajón de casi 10 grados en menos de una semana, el monte, que por aquel entonces aún no mostraba más que un asomo de lo que suele representar el otoño, comenzó a perder su verde. Los árboles recogen "su sangre". Y es así como su vestido, las hojas, mueren. En ese proceso de deshidratación, pasan del color verde oscuro, a distintas tonalidades dependiendo de la especie. En estas fechas, puedes mirar un monte a varios kilómetros y decir si es de haya o de roble. Si en aquel prado hay un cerezo o un chopo. Sólo hay que saber leer los colores. En la foto sacada el pasado 18 de noviembre, destaca el color naranja amarillento del hayedo debajo de las peñas (y en primer plano enmarcando). El bosque de más abajo, es robledal, que tarda más en perder el verde.
Si quieres ver el otoño en la Cordillera Cantábrica, ¡este es el momento!

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El pequeño fantasma


Paseas por el bosque. Ni le ves ni le oirás...salvo en contadas excepciones. Puedes estar todo el día andando por la foresta, volver a casa, sentarte en tu sillón y creer que esta criatura no estaba allí. Pero estaros casi seguros de que él, si os ha visto a vosotros.
Su táctica de caza, es tan paciente como fría. Apostado en su percha, espera una buena ocasión para hacer una persecución. Normalmente es a un pajarillo en vuelo. Lo mismo le dará que haya obstáculos que no, porque en el momento que el gavilán abandone su rama, la suerte está echada. Su configuración, con larga cola y alas cortas, le permitirá maniobrar en espacios tan pequeños como lo pueda hacer un pequeño paseriforme. Esquivar palos consecutivos o atravesar bardales, no supondrá inconveniente para este letal ave. Por supuesto, para alivio de los lectores más sensibles, muchas veces fallará.
Yo tenía unos 16 años, y por aquel entonces acostumbraba a estudiar algunos fines de semana en el monte. Hubo una temporada que me dio por esquilarme a los árboles. Dentro de lo que como animal consideraba mi territorio de campeo, había varios a los que acostumbrara a subirme. La elección dependía de la sombra que quisiese, o del fin que tuviera arriba. No era lo mismo buscar un árbol para echar una siesta, que buscarlo para leer. Los había más fáciles de subir, y con la simple ayuda de mis dientes podía subirme un libro. Otros, sin embargo, requerían de una mochila para subirme el material arriba. Había uno que me gustaba mucho para estudiar. Era una gran cagiga Quercus robur con una horquilla muy particular en la que apoyar la cabeza como si fuera uno de esos sujeta cuellos que se usan para descansar en el autobús sin dislocarte el cuello en aquella traicionera curva. Para los brazos, tenía también dos gruesas ramas, y para las piernas, también había unas adecuadas quimas que te hacían adquirir la típica postura de película"de pies en mesa de oficina" que todos hemos practicado de pequeños a escondidas de los padres. Es gracioso porque los que luego hemos tenido la posibilidad de trabajar en una oficina y lo hemos hecho, ha sido siempre con mucho cuidado de que nadie nos viera. Total, que no sé si aquel gigante era el mejor sitio para estudiar, pero allí subido, en sus brazos, y a unos 5 metros de altura, yo estaba en la gloria.
Una tarde estudiando un interesantísimo tema de vete tu a saber qué, tuve una gran vivencia. A unos dos metros de mi cabeza, una corriente de aire me alertó a la par que un bulto se escabullía entre el follaje de mi amigo y de los siguientes árboles. A mí no me dió tiempo a ver detalles. Sólo pude adivinar que se trataba de un ave de un tamaño entre mirlo y paloma, pero ni colores, ni siluetas...Por aquel entonces me pudo quedar alguna duda, años después, puedo asegurar sin miedo a equivocarme que aquello fue cosa del pequeño fantasma.

Me han pasado cosas similares con otros gavilanes (Accipiter nisus), pero ninguna otra vez con la magia de aquel día. Hace 3 semanas, en mis queridas tierras aragonesas estaba yo en mitad del campo sentado en el asiento de mi viejo Ford. Una magnífica butaca. Un expléndido salón. Si fuera de copa y puro, aquel habría sido el lugar y el momento. Como no es el caso, tenía la cámara en la mano. Suerte tuve de que fuera así, porque con la copa y el puro no le podría haber hecho esta foto a esta hembra adulta de gavilán que se posó durante 3 segundos a poco más de 10 metros míos. Me dió tiempo a ponerme la cámara contra la jeta, y disparar 3 fotos. Las 3 un poco movidas por falta de luz, pero esta que os muestro, puede pasar el filtro para subirla al blog. Justo tras la tercera foto. ¡ZAS! Pequeño  fantasma desapareció entre las carrascas a la misma velocidad que apareció. Intuyo que es una hembra porque la proporción de tamaño entre ojo y cabeza, es más pequeña que los machos, a los que el ojo les abulta más. Además, tiene una marcada lista superciliar clara, menos patente normalmente en machos, y el color rojizo, más patente en machos como norma general, se limita a aparecer levemente cubriendo los oídos y sólo ligeramente en los flancos. Muy gris en general. No obstante, distintos amigos me han dado diferentes opiniones al respecto, por lo que deduzco que podría estar perfectamente equivocado.