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lunes, 1 de febrero de 2016

Lagunero

Hay veces en la vida en las que hay un tema que te puede traer de cabeza y provocar que antes de quedarte dormido cada noche, des un par de vueltas en la cama. En ese momento, te parece que es una de las cosas más importantes del mundo. Sin embargo, pasado el tiempo, te cuesta recordar que aquello llegó a quitarte minutos de sueño.
Para mí, es el caso de la fotografía del lagunero. "Aguilucho lagunero occidental", "marsh harrier" o "Circus aeruginosus". En cualquiera de sus idiomas, fue una obsesión. Hubo meses en los que parecía que ya no había nada más que probar. Haces pruebas que luego te das cuenta que eran ridículas. Hasta que llega un día en el que pasa lo que tiene que pasar. Y a partir de ese día, tu preocupación emigra a otros temas, porque en ese ya no hace función.
Recuerdo hace un año cuando el aguilucho lagunero occidental era para mí un bicho esquivo. Horas, días, y semanas de esperas, para conseguir que con suerte te pasase uno volando a 25 metros y gracias. Aquellas inquietudes son las culpables de que hoy sea habitual para mí tener una belleza de estas a 7 metros ojo a ojo. Muchos habéis podido disfrutar en directo ya de este éxito. Para los que no habéis podido, os dejo una foto sacada el otro día con mi 300 mm f4.



domingo, 10 de enero de 2016

Bendita y cruel naturaleza...

Día cabaña que diríamos por la montaña, o día de silo, que me imagino que diría el paisanaje de estas tierras. Viento fuerte invernal que hace desagradable el salir al exterior para cualquier cosa. Por fortuna, siempre hay cosas que hacer fuera de la naturaleza (dentro de casa). Leer la Quercus que cada mes llama a la puerta de mi casa, ordenar la casa (eso lo haré mañana), preparar el sello digital que acompañará a mis fotos del 2016, o la ardua actividad de escoger, borrar y archivar imagenes para que no se colapse la computadora. Algunas fotos, las más afortunadas, me lleva unos minutos por su agradable estética, luz, o disposición de sus elementos en el marco de la misma. Aquí os dejo una de ellas. Una cigüeña blanca ciconia ciconia que hice en la laguna hace escasos días, y que hoy, estará pasándolas putas (o no) allá fuera, mientras yo acabo de escribir esto para empezar a comer un rico y calentico plato.
Bendita y cruel naturaleza...





jueves, 7 de enero de 2016

Silos

Porque no todo en la vida de un naturalista es la contemplación y estudio de la naturaleza, de vez en cuando hay que mirar alrededor de uno mismo como ser social. Porque disguste a quien disguste, lo somos.
Y ahí es donde hace pocos días, descubro parte de la cultura de las tierras que ahora me dan cobijo.
Los silos: casas excavadas bajo el suelo. Conocidos en distintas versiones como "casas-cueva" por muchos rincones del mundo (Italia, Francia, Túnez, Australia, etc). No es por lo tanto un fenómeno estrictamente local, y muy al contrario, hay mucho conocimiento sobre este tipo de arquitectura (la subterránea).
Se construye (construía) una bajada de alrededor de 4 metros de profundidad. Al acabar este acceso, se comenzaban a escarbar las distintas habitaciones, entre las que para mi sorpresa, se incluía una para el cerdo y el burro o demás animales que pudieran pertenecer a la familia. Era imprescidible también un pozo en el interior del silo para proporcionar el agua necesaria. Una chimenea para hacer fuego, y alguna tronera vertical (lumbrera) para que entrara luz y se ventilara la casa. Paredes encaladas que reflejan la poca luz que entra. Una pareja recién casada se podía conformar con un número determinado de habitáculos. Estos, se podían ir ampliando en función de lo que se fuera creciendo la familia.
Bajada del silo
Mucha gente de la zona nacida hace medio siglo, se ha criado en silos. Hoy día, el uso diario de estas construcciones puede ser sólo testimonial. Sin embargo, muchos manchegos los han arreglado como quien tiene una casa de campo. Antes, cuando ni había aire acondicionado en verano ni calefacción en invierno, el aislamiento térmico que proporciona más de 1 m de tierra sobre el techo, hacía más fácil la vida.

Interior del silo
Visitar una casa cueva se puede hacer en muchas partes del mundo. Pero comer unas gachas en un silo sólo se puede hacer aquí. Aprovecho aquí para mandar un agradecimiento al grupo de amigos que el otro día me invitaron a conocer un buen silo al gusto de unas buenas gachas. Una pena que tuviera que salir tan rápido y no pudiera disfrutar más con vosotros.

Cocina típica donde se prepararon unas buenas gachas

Gachas en preparación

lunes, 14 de diciembre de 2015

Gavilán no perdona

Es media tarde. Estoy oculto entre la maraña de carrizo dando vistas a una laguna. Mi cuerpo inmóvil, insonoro, casi inerte. No giro la cabeza: sólo muevo, lento, los ojos a un lado y a otro. Respiro despacio. Prohibido toser, prohibido estornudar. Prohibido aparentar vida.
Grupo de grullas vocifera y regaña la actividad de cuatro jabalíes que se atreven a salir a la luz. Dos gallinetas salen por patas al ver aproximarse a un aguilucho lagunero. Una docena de bigotudos reclama mientras se mueve por un eneal en busca de su preciada semilla. Lejana reclama en la orilla una lavandera blanca en vuelo. Y pocos pájaros más, ocupan este hábitat. Algún pájaro moscón, pechiazul, ruiseño bastardo...

De repente una máquina con plumas pasa frente a mi cara. Dos metros nos han separado durante esa mágica milésima de segundo en la que mi vista y su vuelo se cruzan. Es un gavilán Accipiter nisus. Recorre aprisa la orilla del carrizal a 1 metro de altura. A 50 metros míos, encuentra una percha expuesta en la que descansa y otea. Si un pajarillo en la orilla se despistara, la rápida reacción de esta pequeña rapaz, hará muy posible su captura. Si es una lavandera, caerá una lavandera. Y si es el escaso y amenazado bigotudo...será un bigotudo. Gavilán, no perdona.