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viernes, 11 de marzo de 2011

Invitado especial: Isidoro Fombellida

Si tuviera que hablar de alguien que conoce cada valle de Cantabria como pocos. Alguien capaz de percibir cada detalle del paisaje para plasmarlo con su pincel. Un naturalista fiel a sus prismáticos rusos. El naturalista clásico, con quien siempre se aprende en el campo. Ese es Isidoro Fombellida. Alguien que ya iba al campo a ver pájaros hace más de 30 años, tardando 3 horas para ir a Santoña en aquellos trenes cuando ahora tardamos poco más de media hora. Cuando ir a Sejos, suponía ir a Cabezón de la Sal en tren, y los otros 30 km...se las tenían que apañar...Era llegar a la cabaña, para dormir unas horas y volver a bajar. Hay que reconocer, que aquello tenía más mérito que lo de ahora. Por eso, quiero que sirva este escrito para hacer un reconocimiento no sólo a Isidoro, sino también, a todos aquellos naturalistas que empezaron cuando nosotros aún nacíamos, y de los cuales, hemos aprendido tanto.
Hace poco compartimos unos días en el campo los dos, y le propuse la idea de que me escribiera algo para el blog. Yo creía, o quería, que hubiera sido de principios de los 80, con una foto en blanco y negro. Sin embargo, él ha preferido redactar una magnífica noche (sino fantástica) que pasamos Alejandro, él y yo en las cercanías de dónde vivíamos por aquel entonces...Allá va:

Corría el verano del 2.000. Yo estaba un poco picado con las nutrias, y alguien me dejo un ejemplar del boletín Galemys que hablaba de la posibilidad de censar nutrias en esperas en el río. ¡Bueno!, eso daba esperanzas con una especie que hasta entonces era escasa y elusiva, pero que ya venía levantando cabeza en los ochenta y los noventa.
Viniste a pasar unos días conmigo en casa de mis suegros en Cervera, y esa primera noche hicimos una espera en un río donde había visto muchos rastros en invierno. No vimos nutrias, pero aprendimos a reconocer el vuelo rasante de los murciélagos ribereños, que ya es algo.
De vuelta en Torrelavega pensé que también en el Saja y el Besaya debía haber murciélagos ribereños, así que ya me preparaba para salir una noche cuando llegasteis Jandro y tú del río Saja, donde habíais visto una Garduña cruzando a nado al atardecer. Así que montamos en el coche y nos acercamos a buscar los murciélagos en el remanso de una presa.
Sin duda que los había, pero lo que nos dejó fulminados fueron esos tres pares de ojos violetas brillando a la luz del foco, acompañados de esos largos y peludos cuerpos paticortos de una soberana hembra de nutria y sus dos crías, casi tan crecidas como ella. Tras recuperarnos del shock notamos que continuaban con su comportamiento normal, por completo ajenas al potente foco de quinientas mil candelas y a cualquier otra cosa que sucediera a su alrededor. La madre emitió esos cortos silbidos que tantas veces habíamos leído descritos en los libros y que tuvieron el efecto de paralizar a las crías en la orilla, mientras ella se lanzaba buceando como una flecha hacia el centro del remanso.
Unos pollos de azulones eran el objetivo y de esta se libraron, saliendo a la carrera sobre el agua hacia la orilla. La familia se reunió comenzando a nadar río arriba, y nosotros, todavía incrédulos y entusiasmados, corrimos por la carretera buscando un nuevo punto de vista en esa dirección. La cosa no era fácil pues había muchos obstáculos, cuando se nos ocurrió la peregrina idea de situarnos en un puente a kilómetro y medio río arriba. Podrían haberse detenido en ese tramo o vaya usted a saber, pero felizmente llegaron a la cita, no sin antes cruzársenos un zorro en la espera.
Vimos sus siluetas subirse en una roca plana del remanso y luego continuar hacia nosotros. Ya estando casi al pie del puente encendimos el foco. Nos ignoraban por completo y la escena fue maravillosa. Venían nadando como focas, haciendo ondular todo su cuerpo con blanda agilidad, sacando la cabeza a tramos para respirar, la madre delante y las dos crías detrás una de otra. Recuerdo que una de ellas se detuvo más tiempo inspeccionando las recuevas que forman las grandes rocas en esos pozos, y que nos eran perfectamente visibles gracias al foco.
Ahí el río pega un quiebro, así que hubimos de correr de nuevo alborozados para el siguiente encuentro, en otro remanso más arriba. Al igual que en el primer momento, la hembra emitió esos silbidos, y los jóvenes se quedaron esperando en la orilla opuesta bajo las ramas de los árboles, mientras la madre se lanzaba a pescar al centro del profundo remanso. En ese momento vemos parada tres metros a nuestra espalda una gineta, ¡vaya noche!. Ahí las perdimos, pero no era cuestión de “perder la ola” así que cogimos unos bocadillos y nos fuimos a continuar la juerga, hasta Ucieda. Así fuimos sumando más ginetas, mochuelos, lechuzas, ciervos… pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
La fotografía está hecha en condiciones controladas.

jueves, 3 de marzo de 2011

En ocasiones oigo pájaros

Dicen que los españoles, en tiempos de crisis, están aprendiendo a hablar alemán. No me extraña después de ver lo que me ocurrió ayer por la tarde. Estaba en la cocina, cuando sentí que alguien hablaba a mis espaldas. Llevé un espantón de los mil demonios que diría la difunta mi abuela. Cual fue mi sorpresa, cuando al darme la vuelta me encuentro con un Petirrojo hablándome...Lleva toda la semana nevando, y los pajarucos, también sufren sus crisis particulares...Si amigos, los pájaros están aprendiendo español con la última nevada.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Más de lo mismo

Cuando delante de los morros te ponen algo que te gusta bastante, lo disfrutas mucho. Si te dejan repetir, lo disfrutas, pero no más que la primera vez, menos en todo caso. Y así sucesivamente, hasta que puedes llegar al extremo de aborrecerlo.
Con la nieve, he comprobado que pasa lo mismo. Los habitantes de mi pueblo comienzan disfrutándola en su niñez. Al madurar les deja de hacer gracia alguna. Y de mayores ya llegan a decir, como el purriegu aquel, que "la nieve es negra", haciendo referencia al mal que trae consigo. El frío que acarrea, las dificultades de desplazamiento, el riesgo de accidentes en carretera, pistas o en las mismas calles, el tapar los pastos, que impide tener sueltas yeguas u ovejas, etc.
Hoy, aburrido de ver nevar y no salir de casa, aproveché un momento de nevadas finas y suaves para dar una vuelta por el monte. Estaba todo tan cambiado. Los caminos tapados, y difíciles de adivinar. Las hayas, tristes, con sus ramas dobladas hasta casi tocar el suelo debido a la carga de nieve que tienen.
Los pajarillos, dejan vacío el monte, y se meten al pueblo. En mi ventana, Carbonero Común, Petirrojo y Mirlo Común, dan buena cuenta de un montoncito de migas puestos allí para tal fin. En una quima del Nogal, un Escribano Cerillo ronda un bullicio de vida. Son 40 yeguas bajadas de los montes, que pasan ahora por dejado de casa al paso dirección al bebedero. Los campanos, al son de sus pasos, es lo único que se oye en el pueblo.
Cada uno, en su casa o en la cuadra, cruza los dedos para que la nieve no se hiele ahora y marche pronto, al menos del pueblo. Dos Cornejas se atreven a entrar al pueblo, algo difícil de ver en otras circunstancias. En el camino de subida al monte, un montón de pelos de Corzo me hace pensar que quizás la nevada le haya pasado factura. No veo al Corzo. Posiblemente el Zorro, posiblemente el Lobo...

martes, 1 de marzo de 2011

¿Me he dormido?

Te despiertas como todos los días. Debería estar empezando a romper el alba, pero...¡un momento! ¡Hay demasiada luz para la hora que se supone que es...! ¿Me he dormido?
Me levanto, me asomo a la ventana, y no, no me he dormido. Hay tanto luz porque todo el suelo es blanco. Ha nevado toda la noche, y en el suelo, 15 cm de nata adornan la tarta en que vivo.
Voy a la cocina y reavivo el fuego. Con la puerta cerrada, enseguida sube la temperatura. Los tejados de hoy día, los dobles acristalamientos, hacen del día a día en casa algo muy diferente a lo que se vivía hace no tanto en estos pueblos por invierno, cuando cada temporal del norte, suponía unos cuantos días de frío en el cuerpo asegurado.